Las aventuras de los Santos

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Portada del episodio: San Francisco y el lobo de Gubbio

Episodio 110 minutos

San Francisco y el lobo de Gubbio

En Gubbio todo el mundo tiene miedo de un lobo enorme que merodea por los bosques. Pero san Francisco no va con palos: va a hablar con él, acompañado de Pietro, el panadero menos valiente de la ciudad. Una historia de la tradición franciscana sobre la valentía de hacer las paces, para escuchar en familia.

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¿Quién era san Francisco de Asís?

Fiesta: 4 de octubre

Francisco nació en Asís, en Italia, hacia el año 1181, y murió allí en 1226. Era hijo de un rico comerciante de telas y de joven soñaba con ser caballero, pero lo dejó todo para seguir a Jesús: vivió pobre, cuidó de los enfermos y fue por los caminos anunciando la paz. Quería tanto todo lo que Dios ha creado que al sol lo llamaba «hermano sol» y a la luna, «hermana luna».

La historia del lobo de Gubbio, una ciudad de la Umbría, no aparece en los documentos de su época: la cuenta la tradición franciscana, en las Florecillas de san Francisco (las «Fioretti», capítulo 21), una recopilación del siglo XIV. Pietro, Lucía, su hija y los diálogos son invención nuestra, para contársela a los niños.

Para hablar en familia

  • ¿Por qué la gente de Gubbio tenía tanto miedo del lobo?
  • ¿Qué hizo Francisco en lugar de coger un palo?
  • Francisco también tenía un poco de miedo. ¿Cuándo habéis hecho vosotros algo bueno aunque tuvierais miedo?

El cuento

¡Bienvenidos a Las aventuras de los Santos! Abrid bien las orejas, porque hoy os vamos a contar una historia fascinante. ¿Estáis preparados?

Hace más de ochocientos años, en Italia, en una ciudad en lo alto de una colina que se llama Asís, vivía un chico que se llamaba Francisco. Su padre era un comerciante rico que vendía telas preciosas, y el joven Francisco lo tenía todo: trajes elegantes, muchos amigos y fiestas con música hasta la madrugada. ¡Soñaba con ser un caballero famoso!

Pero un día Francisco sintió que Jesús lo llamaba, y descubrió un tesoro mucho más grande que todo el dinero del mundo. Lo dejó todo, se puso un hábito sencillo, atado con una cuerda, y se fue por los caminos a ayudar a los pobres y a los enfermos y a hablarle a todo el mundo del amor de Dios.

Francisco quería tanto todo lo que Dios ha creado que al sol lo llamaba «hermano sol»; a la luna, «hermana luna»; y a los animales les hablaba como si fueran sus hermanos pequeños.

Y hoy os vamos a contar el día en que Francisco se encontró cara a cara con el animal más temido de toda la comarca... ¡Un lobo!

Ahora viajamos hasta Gubbio, una ciudad de casas de piedra, rodeada de murallas y de bosques espesos. Pero en aquellos días, en Gubbio, no había mucha alegría.

Un lobo enorme merodeaba por los alrededores. Ya se había comido ovejas y gallinas, y la gente estaba tan asustada que, cuando tenía que salir de las murallas, iba con palos y horcas, ¡como si fuera a la guerra! Mirad: ahora mismo llega corriendo a la plaza Lucía...

Lucía: ¡Pietro! ¡Pietro! ¡Cierra la puerta de la panadería!

Pietro: ¿Eh? ¡Pero si todavía no es de noche! ¿Qué pasa ahora?

Lucía: ¡Han vuelto a ver al lobo! ¡Allí abajo, en el camino de los olivos!

Pietro: ¿El lobo? ¿Otra vez?

Niña: Mamá, ¿es verdad que es tan grande como un caballo?

Lucía: No lo sé, hija mía. Pero es peligroso, y nadie quiere encontrárselo.

Pietro: ¡Pues yo ya estoy harto, eh! ¡Que no se puede ni ir a buscar leña sin temblar!

Pietro es el panadero de Gubbio. Hace el pan más rico de toda la ciudad... pero lo que es valiente, valiente, no lo es mucho. Y, en ese mismo momento, por la calle empedrada, se acerca un hombre delgado, descalzo, con un hábito de color tierra. Es san Francisco.

Francisco: ¡Paz y bien! ¿Qué son todos estos gritos?

Lucía: ¡Ay, hermano Francisco! ¡Qué suerte que hayas llegado!

Pietro: ¡Ten cuidado, Francisco! Por aquí cerca hay un lobo feroz... ¡y nadie se atreve a acercarse!

Lucía: Ya no dejamos que los niños jueguen fuera de las murallas. Cuando oímos un ruido en el bosque, todos corremos a casa.

Francisco: Qué tristeza, vivir así, con miedo todos los días.

Pietro: ¡Por eso mismo! ¡Tenemos que coger los palos y echar a esa bestia!

Francisco: Lo entiendo, Pietro. Pero quizá haya otro camino.

Pietro: ¿Otro camino? ¿Y qué quieres hacer, invitarlo a comer?

Francisco: Mira... no es mala idea, eso de invitarlo a comer.

Francisco: Iré a buscarlo. Quiero intentar hacer las paces con él.

Lucía: ¿Tú solo? ¡Ni hablar!

Francisco: Tranquila, Lucía. No voy a pelearme con él. Voy a hablar con él.

Pietro: ¡Hablar con un lobo! ¡Eso sí que no lo había oído nunca! Pues tú solo no vas... ¡Te acompaño!

¿Os imagináis que alguien os dijera que se va al bosque a hablar con un lobo? ¡Pues la gente de Gubbio se quedó con la boca abierta! Muchos subieron a las murallas para mirarlo desde lejos.

Y Francisco, con Pietro pegado a su espalda como una sombra, salió por la puerta de la ciudad, camino del bosque.

El bosque estaba oscuro y en silencio. Demasiado en silencio. Los pájaros habían dejado de cantar, y solo se oían sus pasos sobre las hojas secas.

Pietro: Francisco... a lo mejor ya hemos andado bastante, ¿no?

Francisco: Si tienes miedo, puedes quedarte aquí, Pietro.

Pietro: ¿Miedo, yo? No, no... Bueno... un poquito sí.

Pietro: Francisco... ¿Has oído eso?

Francisco: Sí. Quédate detrás de mí.

Las ramas se movieron. Una sombra gris salió de entre los arbustos. ¡Era el lobo! Tenía el pelo erizado y los ojos brillantes... y, de repente, ¡echó a correr hacia Francisco con la boca abierta!

Pietro: ¡Es él! ¡Es el lobo! ¡Corre, Francisco! ¡Corre! ¡Yo me subo al árbol!

Pero Francisco no corrió. No cogió ninguna piedra, ni ningún palo. Se quedó quieto, levantó la mano... e hizo la señal de la cruz.

Francisco: ¡Hermano lobo, ven aquí! En nombre de Jesús: ¡no nos hagas daño ni a mí ni a nadie!

Y entonces... pasó algo increíble. El lobo se paró en seco. Cerró la boca. Y, poco a poco, tranquilo como un corderito, se acercó a Francisco y se tumbó a sus pies.

Pietro: ¿Le ha llamado... hermano?

Francisco: Ay, hermano lobo... Le has hecho mucho daño a la gente de Gubbio, ¿eh? Todo el mundo te tiene miedo. Pero yo no quiero hacerte daño. Tienes hambre, ¿verdad? Por eso atacas a sus animales.

Francisco: Mira, hagamos un trato. Si tú no le haces daño a nadie más, yo le pediré a la gente de Gubbio que te dé de comer todos los días, y que nadie te persiga. ¿Lo prometes?

El lobo bajó la cabeza y movió el cuerpo y la cola, como si dijera: «Sí, lo prometo».

Francisco: ¡Muy bien, hermano! Y para que quede claro... dame la pata.

Y el lobo levantó la pata derecha... y la puso, muy suavemente, en la mano de Francisco.

Pietro: ¡Le ha puesto la pata en la mano! ¡Lo he visto! ¡Con estos ojos!

Francisco: Pietro, ya puedes bajar del árbol. Ahora iremos todos juntos a la ciudad.

Pietro: ¿Todos juntos? ¿Quieres decir... el lobo también?

Francisco: ¡Pues claro! No podemos dejarlo sin invitar, ahora que hemos hablado de invitarlo a comer.

Pietro: Ya bajo, ya bajo... ¡Ay, ay, que me caaaaigo!

Pietro: Ay, qué golpe en el culo... ¡Pero estoy bien, eh! ¡Estoy bien!

Imaginaos la cara de la gente de Gubbio cuando, desde lo alto de la muralla, vieron volver a Francisco... caminando tan tranquilo... ¡con el lobo a su lado, como si fuera un perrito!

Lucía: ¡Mirad! ¡Vuelve Francisco!

Niña: ¡Mamá! ¡Y Pietro también!

Lucía: Y... ¡y EL LOBO! ¡Todos a casa!

Vecino 1: ¡El lobo!

Vecino 2: ¡Cerrad las puertas!

Francisco: ¡Eh, no corráis! ¡Que no pasa nada! ¡Escuchadme un momento!

Las campanas repicaron, y toda la ciudad se reunió en la plaza. Nadie quería perderse lo que estaba a punto de pasar.

Francisco: Ya sé que este lobo os ha hecho sufrir mucho. Pero me ha prometido que no os hará más daño. Ahora os toca a vosotros: si le dais de comer todos los días, no le hará falta atacar a vuestros animales.

Lucía: ¿Y por qué deberíamos fiarnos de él?

Francisco: Porque la paz no la puede hacer uno solo: se tiene que hacer entre los dos. Él ya ha hecho su promesa. Ahora falta la vuestra.

Niña: ¡Yo le llevaré galletas!

Pietro: ¡Y yo le guardaré el pan que sobre del horno!

Lucía: Pues... yo también ayudaré. ¡Lo prometo!

Vecino 1: ¡Lo prometemos!

Vecino 3: ¡Claro que sí!

Francisco: Hermano lobo, ¿lo has oído? Ahora te toca a ti. ¿Lo vuelves a prometer, delante de todos?

El lobo se acercó a Francisco, levantó la pata... y, delante de toda la ciudad de Gubbio, volvió a ponerla en su mano.

¡Y la plaza estalló de alegría! La gente gritaba, reía, se abrazaba... y daba gracias a Dios, que les había enviado a Francisco para traerles la paz.

¿Y sabéis lo que cuenta la tradición? Que, desde aquel día, el lobo vivió en Gubbio como un vecino más. Iba de puerta en puerta, tranquilamente, y la gente le daba de comer. No volvió a hacerle daño a nadie... ¡y ni siquiera los perros le ladraban!

Niña: Francisco, ¿tú no tenías miedo del lobo?

Francisco: Un poco, sí.

Niña: ¡Pero si no saliste corriendo!

Francisco: Es que ser valiente no quiere decir no tener miedo nunca. Quiere decir que, aunque tengas miedo, confías en Dios y haces el bien igualmente.

Pietro: Pues la próxima vez, yo también me quedaré con los pies en el suelo... Bueno, lo intentaré.

Francisco: ¡Ya es un buen comienzo, Pietro!

Y así termina la historia de san Francisco y el lobo de Gubbio. Donde todos veían una bestia a la que había que echar, Francisco vio a un hermano que tenía hambre. Y, en lugar de palos y horcas, buscó la paz.

¿Y sabéis qué? No hace falta encontrarse con ningún lobo para ser valiente como Francisco. A veces, ser valiente es dar el primer paso para hacer las paces con un amigo, pedir perdón o compartir lo que tienes.

¿Y vosotros? ¿Estáis preparados para vivir vuestra aventura? ¡Hemos nacido para ser santos, como san Francisco, empecemos hoy!

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